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miércoles, 2 de julio de 2014

De ovarios y espermas

Eduardo Caccia 

Entender la conducta humana es uno de los viajes más fascinantes para el hombre, un aprendizaje continuo donde se cruzan teorías, anécdotas, planteamientos científicos, otros no tanto, cada parte añadiendo una pieza más al rompecabezas de nuestra intrincada naturaleza.

Dilucidar por qué hacemos lo que hacemos ha sido abordado por diferentes disciplinas, sin que una sea dueña de la verdad. Es en los cruces de camino, en el enfoque multidisciplinario, donde brotan chispas de conocimiento, vetas que invitan a seguir la pista de retadoras hipótesis y, en ocasiones, nuevos descubrimientos.

Con esta sensación me he quedado luego de recorrer las fascinantes páginas del libro Los Ovarios de Madame Bovary, de David y Nanelle Barash, donde combinan crítica literaria con la teoría darwiniana. Al fusionar dos mundos, aparentemente inconexos, los autores pasan de las letras a la ciencia para mostrar que detrás de obras universales subyace un comportamiento profundamente anclado en el instinto biológico del ser humano. De los celos de Otelo a la promiscuidad de Madame Bovary, de la ambición de Lady Macbeth al amor apasionado de Romeo y Julieta, en el fondo de estas historias e inolvidables personajes hay verdades fundamentales inherentes a un patrón biológico que compartimos sin distinción de raza, religión o nacionalidad.

Detrás de un hombre, los Barash pintan a un organismo generador de microscópicas células reproductivas, capaz de producir tantas que llegan a ser "baratas", por abundantes y disponibles, mientras que detrás de una mujer, hay un organismo productor de huevos, notoriamente más grandes que la semilla masculina, también más escasos y por lo tanto "caros". En este sentido, el hombre invierte menos recursos reproductivos al seleccionar compañera (es capaz de fertilizar a muchas mujeres en corto tiempo), mientras que la mujer, al comprometer sus recursos escasos (sólo puede embarazarse cada ciertos meses), se juega más en la relación; luego, biológicamente hablando, es más delicada la decisión de ella al seleccionar compañero.

Bajo esta óptica, las novelas de Jane Austen, publicadas hace 200 años, tienen abrumadora vigencia; no sólo están bien escritas, sino que abarcan uno de los temas biológicos centrales en el ser humano, particularmente en la mujer: la importancia de seleccionar bien a la pareja.

Sin que la novelista británica lo haya explicado así, sus personajes se desenvuelven en contextos sociales llenos de tensión por saber quién terminará casado con quién, si la protagonista será capaz de reconocer al hombre que le conviene más allá de las presiones familiares. Las mujeres de Austen buscan en un hombre los mismos beneficios que en el mundo animal las hembras buscan en los machos: buenos genes, buena conducta y buenas cosas (traducido al humano: apariencia, personalidad y capacidad de generar bienes -dentro de éstos, dinero-).

Desde que Flaubert escribió la novela que eternizó a Emma Bovary, también retrató la inclinación de la mujer por mejorar su condición, lo que en palabras de los Barash es la capacidad femenina de negociar: "puedes tener lo que yo tengo, si eres capaz de darme activos a cambio". ¿Qué activos?: buenos genes ("quiero hijos bonitos, saludables"), buena conducta ("quiero un buen padre y esposo, nos cuidarás, no nos abandonarás") y buenas cosas ("no nos faltará nada"). En su suma, un buen proveedor.

La biología juega un papel decisivo para explicar por qué hacemos lo que hacemos, es un instinto moldeado por el contexto social (los códigos culturales) y por la decisión individual donde el aspecto moral establece un marco limitativo a nuestros impulsos.

Un hombre que busca pareja no dice a la mujer de sus sueños "tus genes y mis genes tienen buenas posibilidades de sobrevivir en el futuro", pero en esencia, ése es el diálogo biológico. Del Quijote a Hamlet, conectamos con narrativas que reflejan nuestra naturaleza profunda. Esta realidad excede a la literatura, es materia de todos los días. Nuestra materia

miércoles, 11 de junio de 2014

Mujeres que corren con los lobos

Citas tomadas del libro

Primera parte

por Clarissa Pinkola Estés, Analista Junguiana


La diferencia entre vivir desde el alma y vivir sólo desde el ego radica en tres cosas: la habilidad de percibir y aprender nuevas maneras, la tenacidad de atravesar senderos turbulentos y la paciencia de aprender el amor profundo con el tiempo. Sería un error pensar que se necesita ser un héroe endurecido para lograrlo. No es así. Se necesita un corazón que esté dispuesto a morir y nacer y morir y nacer una y otra vez. 

Ser nosotros mismos nos causa ser exilados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exilarnos de nosotros mismos.

Independientemente de las afiliaciones o influencias colectivas, nuestro reto a favor del alma salvaje y de nuestro espíritu creativo es no fusionarnos con colectividad alguna, sino distinguirnos de quienes nos rodean, construyendo puentes para regresar a ellos según elijamos. 

No podemos controlar quién nos trae al mundo. No podemos influir en la fluidez con que nos educan. No podemos obligar a la cultura a volverse instantáneamente hospitalaria. Pero las buenas noticias son que, aún después de ser heridos, aún en un estado feral, aún incluso en un estado hasta el momento de captura, podemos recuperar nuestras vidas. 

Si permanecemos sólo como sobrevivientes sin avanzar hacia el florecimiento, nos limitamos y cortamos la energía hacia nosotros y nuestro poder en el mundo a menos de la mitad. Uno puede sentirse tan orgulloso de ser sobreviviente que se convierte en un peligro para cualquier desarrollo creativo posterior. A veces las personas temen avanzar más allá del status de sobreviviente, por ser exactamente eso —un status, una marca de distinción, un logro de "¡Maldita sea! ¡Apuesta lo que quieras! ¡Más vale que lo creas!"
Una vez que la amenaza ha pasado, existe una trampa potencial en usar nombres asumidos durante la época más terrible de nuestras vidas. Crea una postura mental que es potencialmente limitante. 

Ser fuerte no significa hacer brotar músculos y flexión. Significa encontrarse con lo numinoso de uno sin huir, viviendo activamente con la naturaleza salvaje de una manera propia. Significa ser capaz de aprender, ser capaz de sostener lo que sabemos. Significa sostenerse y vivir.

Quienes no encuentran deleite en aprender, quienes no pueden sentirse atraídos por nuevas ideas o experiencias, no podrán desarrollarse más allá del punto en el camino donde descansan ahora. Si hay una sola fuerza que alimente la raíz del dolor, es el rehusarse a aprender más allá del momento presente. 

En nuestra vida, aún cuando un episodio resulte en una caída fuerte o una quemadura seria, siempre hay otro episodio esperándonos, y luego otro. Siempre hay más oportunidades de hacerlo bien, de labrar nuestra vida del modo en que merecemos tenerla. No pierdas tu tiempo odiando un fracaso. El fracaso es mejor maestro que el éxito. Escucha, aprende, sigue adelante. 

La mejor tierra para sembrar y hacer crecer algo nuevo otra vez está en el fondo. En ese sentido, tocar fondo, aunque extremadamente doloroso, es también el terreno de siembra. 

Se nos ha enseñado que a la muerte siempre le sigue más muerte. Simplemente no es así. La muerte siempre está en proceso de incubar nueva vida, aún cuando nuestra existencia haya sido cortada hasta los huesos. 

Para la mayoría de las mujeres, dejar morir no va en contra de su naturaleza, tan sólo en contra de su entrenamiento. 

Como en el sueño, la naturaleza de Vida/Muerte/Vida en su forma más salvaje es tan simple como una graciosa exhalación (final) e inhalación (principio). La única confianza requerida es saber que cuando hay un final habrá otro comienzo. 

Si vivimos como respiramos, tomando y soltando, no podremos equivocarnos. 

Para poder ver la dirección correcta, debemos ser capaces de ver las equivocadas. 

Adicción es cualquier cosa que reduce la vida mientras la hace "parecer" mejor. 

Por lo general cada miedo tiene tres partes: una parte es un residuo del pasado (siendo esto a menudo una fuente de vergüenza), otra parte es una carencia de certidumbre en el presente, y otra parte es miedo a un resultado deficiente o a consecuencias negativas en el futuro.