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martes, 8 de julio de 2014

Cuando muere un piano



Eduardo Caccia

(6-Abr-2014).- 12:00 AM.

Destruir para crear es un tema abordado por el arte, también por economistas, como el austriaco Schumpeter, que desde 1942 vio a la innovación como un proceso donde nuevos productos destruyen viejos negocios. Aquí, como en la naturaleza, el ciclo vida-muerte es latente.


Beethoven compuso en las postrimerías de su vida una de sus obras insignia, Missa Solemnis, o Sinfonía Triste. En una carta dirigida a un fabricante de arpas, intentó vender la partitura para solventar angustias financieras. No hubo comprador, lo que seguramente agravó la depresión y la salud del genio.



Como si la esencia de las cosas viajara en el tiempo, "Sinfonía Triste" es el nombre de la instalación que el artista plástico Emanuel Tovar, expone en Diéresis, centro de cultura contemporánea.



Emanuel se entera de que un matrimonio de músicos está vendiendo instrumentos por presiones financieras. Acude a ver la oferta y le interesa una pieza que no está en venta; un viejo piano de cola que ha acompañado a la pareja desde hace 20 años, instrumento que adquirieron con los recursos destinados a su boda; los dueños le nombran "piano de compromiso". El artista cuenta sus intenciones y convence a ella. La pareja será incluso parte de la obra.



Durante un video, testimonio y pieza clave de la instalación, la ex dueña del instrumento, toca la Missa Solemnis con soltura. A los pocos minutos, y junto al piano, un maestro de obras mezcla cemento en una carretilla. La pianista está concentrada en la partitura. El albañil agrega agua y arena. Los martinetes y las cuerdas se mueven armónicamente al aviso de los dedos. Con habilidad gemela, otras manos van dando espesura a una masa gris. Mientras ella revive los sonidos de Beethoven, el hombre empieza a verter la viscosidad al interior del piano. Ella no se inmuta. Él la ignora.


Como un anciano que se despide de la vida, el piano hace esfuerzos lastimeros, quizá como el genio perdiendo el oído. Ella hace énfasis en algunas teclas que empiezan a sonar ahogadas. El cemento abarca más paños, poco a poco va inmovilizado la maquinaria.



Días antes ella escribió una carta. El documento es parte de la obra y la dirige a "Querida conciencia mía". Es un documento exculpatorio y conmovedor donde manifiesta lo que el piano ha significado en su vida y la de su pareja, quien enferma (y prefiere ausentarse del evento) presumiblemente por la angustia que le provoca separarse del piano. En una profunda reflexión, la pianista equipara el desprendimiento del piano a la reciente muerte de su madre. Por ella se hizo pianista. La madre, a falta de piano, le dibujaba un teclado en una cartulina blanca y simulaba con la voz el sonido de las teclas, para que la hija ensayara. Recordando a su mamá, la pianista reflexiona que la vida no es eterna; deduce que los pianos también deben morir.



Mientras sigue tocando, intuye que su piano, como el recuerdo de su madre, será eterno al convertirse en algo nuevo. Las notas suenan cada vez más deformes y el hombre del cemento echa los últimos grumos sobre un piano exhausto, casi mudo, de sonidos tan tristes que es inevitable imaginar lo que diría Beethoven. Los objetos se transfiguran, cambian de valor. ¿Qué pensaría de saber que aquella carta donde ofrecía su sinfonía ahora vale 150 mil euros?



La pianista da un último golpe al teclado. El rigor mortis produce un silencio, el piano se ha convertido en su propio sepulcro. El momento tiene la solemnidad de un sepelio y la esperanza del génesis. Ha surgido otro objeto y del hecho han brotado estas letras, incluso tu lectura. Acude López Velarde al funeral: "Me pareces, oh piano, por tu voz lastimera,/una caja de lágrimas, y tu oscura madera/me evoca la visita del primer ataúd...".



Ella ha quedado sin piano, pero no sin talento. Algunos condenarán el hecho, otros verán el ciclo de la creación. Desde un nuevo teclado, pronto una mujer evocará la cartulina de piano de su infancia. Una nota anunciará la vida.

miércoles, 2 de julio de 2014

De ovarios y espermas

Eduardo Caccia 

Entender la conducta humana es uno de los viajes más fascinantes para el hombre, un aprendizaje continuo donde se cruzan teorías, anécdotas, planteamientos científicos, otros no tanto, cada parte añadiendo una pieza más al rompecabezas de nuestra intrincada naturaleza.

Dilucidar por qué hacemos lo que hacemos ha sido abordado por diferentes disciplinas, sin que una sea dueña de la verdad. Es en los cruces de camino, en el enfoque multidisciplinario, donde brotan chispas de conocimiento, vetas que invitan a seguir la pista de retadoras hipótesis y, en ocasiones, nuevos descubrimientos.

Con esta sensación me he quedado luego de recorrer las fascinantes páginas del libro Los Ovarios de Madame Bovary, de David y Nanelle Barash, donde combinan crítica literaria con la teoría darwiniana. Al fusionar dos mundos, aparentemente inconexos, los autores pasan de las letras a la ciencia para mostrar que detrás de obras universales subyace un comportamiento profundamente anclado en el instinto biológico del ser humano. De los celos de Otelo a la promiscuidad de Madame Bovary, de la ambición de Lady Macbeth al amor apasionado de Romeo y Julieta, en el fondo de estas historias e inolvidables personajes hay verdades fundamentales inherentes a un patrón biológico que compartimos sin distinción de raza, religión o nacionalidad.

Detrás de un hombre, los Barash pintan a un organismo generador de microscópicas células reproductivas, capaz de producir tantas que llegan a ser "baratas", por abundantes y disponibles, mientras que detrás de una mujer, hay un organismo productor de huevos, notoriamente más grandes que la semilla masculina, también más escasos y por lo tanto "caros". En este sentido, el hombre invierte menos recursos reproductivos al seleccionar compañera (es capaz de fertilizar a muchas mujeres en corto tiempo), mientras que la mujer, al comprometer sus recursos escasos (sólo puede embarazarse cada ciertos meses), se juega más en la relación; luego, biológicamente hablando, es más delicada la decisión de ella al seleccionar compañero.

Bajo esta óptica, las novelas de Jane Austen, publicadas hace 200 años, tienen abrumadora vigencia; no sólo están bien escritas, sino que abarcan uno de los temas biológicos centrales en el ser humano, particularmente en la mujer: la importancia de seleccionar bien a la pareja.

Sin que la novelista británica lo haya explicado así, sus personajes se desenvuelven en contextos sociales llenos de tensión por saber quién terminará casado con quién, si la protagonista será capaz de reconocer al hombre que le conviene más allá de las presiones familiares. Las mujeres de Austen buscan en un hombre los mismos beneficios que en el mundo animal las hembras buscan en los machos: buenos genes, buena conducta y buenas cosas (traducido al humano: apariencia, personalidad y capacidad de generar bienes -dentro de éstos, dinero-).

Desde que Flaubert escribió la novela que eternizó a Emma Bovary, también retrató la inclinación de la mujer por mejorar su condición, lo que en palabras de los Barash es la capacidad femenina de negociar: "puedes tener lo que yo tengo, si eres capaz de darme activos a cambio". ¿Qué activos?: buenos genes ("quiero hijos bonitos, saludables"), buena conducta ("quiero un buen padre y esposo, nos cuidarás, no nos abandonarás") y buenas cosas ("no nos faltará nada"). En su suma, un buen proveedor.

La biología juega un papel decisivo para explicar por qué hacemos lo que hacemos, es un instinto moldeado por el contexto social (los códigos culturales) y por la decisión individual donde el aspecto moral establece un marco limitativo a nuestros impulsos.

Un hombre que busca pareja no dice a la mujer de sus sueños "tus genes y mis genes tienen buenas posibilidades de sobrevivir en el futuro", pero en esencia, ése es el diálogo biológico. Del Quijote a Hamlet, conectamos con narrativas que reflejan nuestra naturaleza profunda. Esta realidad excede a la literatura, es materia de todos los días. Nuestra materia